¿EL SUICIDIO REALMENTE PONE FIN AL SUFRIMIENTO?

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Para muchas personas, esta pregunta no nace de una teoría. Nace del dolor, del duelo, del miedo o de la experiencia de ver cómo alguien amado pierde la esperanza.

La pregunta es respondida por Rubén De Los Santos (Uruguay) que comparte su experiencia como divulgador espirita de Iberoamérica Espirita y del Espacio Allan Kardeck de Montevideo Uruguay

   y la Dra Sara Castro (Argentina) que reside en la ciudad árabe de Khamis Mushait, donde fue distinguida por su dedicación en la labor humanitaria.

En el Espiritismo, el juicio final pertenece solo a Dios. Sin embargo, intenta responder con honestidad a una pregunta seria: si la conciencia continúa después de la muerte, ¿qué puede ocurrir cuando una persona pone fin a su propia vida?

Según el marco espírita de Kardec, el suicidio no resuelve verdaderamente el problema interior, porque la muerte no destruye el alma, no borra la realidad moral ni transforma instantáneamente al espíritu en un ser más sabio y feliz.

En otras palabras, la persona sobrevive. Por eso la pregunta importa.

Al mismo tiempo, el Espiritismo también advierte contra otro error: fingir que todos los suicidios son juzgados exactamente de la misma manera, o que los observadores humanos pueden ver la totalidad del cuadro espiritual de cada caso. No pueden. La verdad completa de un alma pertenece a Dios.

Según El Libro de los Espíritus, el ser humano no es solo un cuerpo. El cuerpo es una envoltura material temporal. El verdadero ser es el espíritu, o el alma durante la encarnación, que sobrevive a la muerte física y conserva su individualidad. Esto significa que la muerte es una separación, no un borrado.

Desde una perspectiva espírita, esto tiene enormes consecuencias. Si el espíritu sobrevive, entonces una persona no se convierte en nada después de morir. La memoria, el carácter, los apegos, el remordimiento y la condición moral no desaparecen simplemente en la tumba. Continúan en otro modo de existencia.

Si el espíritu sigue vivo, la persona no escapa de sí misma. El cuerpo puede morir, pero la conciencia permanece. Por eso la desesperación, el apego, la confusión, la culpa, el deseo, el miedo o el dolor emocional pueden continuar en algún grado después de la muerte.

 

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